Contra el oxígeno de Atapuerca

La Teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno no concibe el descubrimiento científico como un descubrir, si entendemos descubrir como apartar lo que cubre la cosa. Una ciencia no puede «descubrir» nada si no es a través de un aparataje técnico o tecnológico del cual surge lo «descubierto» como un elemento producido en su proceso y cubierto por una estructura de herramientas y aparatos denominada contexto determinante{1}. Cuando hablamos de moléculas solo podemos referirnos a construcciones en el mundo antrópico, es decir, la parte del mundo que las ciencias han podido filtrar e incorporar a estructuras conocidas. Hasta 1776 solo existían los fenómenos provocados por ciertos componentes incomprensibles del mundo anantrópico que aún no podían merecer el nombre de oxígeno. Si pudiéramos viajar en el tiempo hasta el Paleolítico para analizar el aire, obtendríamos las moléculas de oxígeno, pero sería así porque habríamos llevado un conjunto de aparatos y una serie de datos propios de la ciencia química como listas de elementos, pesos atómicos, puntos de ebullición y otras propiedades, sin los que tampoco podría existir el oxígeno, y esto se puede entender de una forma análoga a como no existe tampoco el color verde sin una persona que descifre las ondas electromagnéticas con sus ojos y su cerebro.Es necesario insistir en el constructivismo. Las ciencias obtienen verdades, pero son franjas de verdades{2} que se superponen al originarse en la ejecución de diferentes intervenciones sobre los cuerpos. Solo tiene sentido un elemento químico a través de la consolidación de estas superposiciones, que no dejan intactas las cosas del mundo, como haría una descripción, sino que las intervienen. Afirmar que el oxígeno era contemporáneo del Homo antecessor contradice esta idea de ciencia porque implica que la química no constituyó el oxígeno, sino que simplemente le quitó la cobertura que nos impedía verlo.

{1} Gustavo Bueno, Teoría del cierre categorial 1, Pentalfa Ediciones, Oviedo 1992, págs. 135-138.

{2} Íbid., págs. 164-172.

Artículo completo en El Catoblepas

Héctor Enrique González

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