Incoherente

El diccionario es una obra imprescindible, de ella depende la ilusión de que la cultura es capaz de trascender. Más allá, el diccionario afirma ser la obra de un dios cuya revelación es entregada a un simple compilador. A mí me gusta hojearlo a la mañana siguiente de alguna horrible fiesta en la que las botellas tienen más protagonismo que las personas. Tengo un amigo que nunca se cansa de invitarme a sus fiestas. Muchas veces he acabado postrado en un sofá o en el suelo, rodeado por un vacío en el que solo me acompaña una fregona. Los invitados se van, días después nadie quiere hablar de ello y, al teléfono, mi amigo finge quitarle importancia.

No tengo el diccionario empotrado en la estantería, yace en la ventana con el lomo hacia adentro. Lo alcanzo desde el sillón… lo abro al azar y me detengo en un par de entradas. He comprobado que la letra por la que se abre con más frecuencia es la i. Hay definiciones que me he aprendido casi de memoria.

Nos han convencido de que la esencia de lo humano es la inteligencia. Se alaba a los pueblos inteligentes. El insulto más grave a la inteligencia no es ser tonto, sino ser incoherente, es decir, relegar causas y efectos a un caos de lo insignificante. Los tontos son entrañables pero la gente incoherente amenaza el fuego sagrado de la aristocracia intelectual.

Puedo proponer que no tratemos de ver la coherencia de las cosas. Al cerebro le gusta construir hipótesis lógicas pero en realidad lo que hace es quedarse con las más aburridas, las que extrae de un pobre acervo. El pensamiento no acepta que los motivos de una acción estén casi siempre en flagrante incoherencia con los propios pensamientos, palabras o deseos, ni reconoce todavía que esa mitología de causas y efectos que le sirve de guía sea falsa.

Si suben las ventas del refresco X, es porque los productores se han preocupado por llenar los medios de propaganda. Eso parece lógico. Si acudo sistemáticamente a casa de mi amigo cada vez que me telefonea, puede ser porque me cae bien. Si después de un par de horas termino revolcándome por los suelos, los demás invitados pensarán que quiero llamar la atención. Una conducta bochornosa en público es ya un intento de suicidio figurado y los demás abandonarán la fiesta convencidos de que soy una persona con graves problemas.

En realidad, mi amigo no me cae bien. Voy a sus fiestas cuando me encuentro libre de cargas familiares y la ausencia de rutina me inspira una curiosa atracción por la decadencia. Cuando mi familia no está, no cocino, como escasamente, me tumbo en el suelo y leo mucha tragedia griega. Las invitaciones son una mano tendida a la provocación y nada me parece más divertido que arruinarle la noche a un grupo de pijos, que al llegar a casa tratarán de olvidarme o hacer como que no he existido, borrar esa noche de sus conversaciones. Mi amigo no deja nunca de invitarme y puedo adivinar que sus motivos se sitúan también en ese espectro oscuro de los deseos.

El evangelio según las bestias

Wajdi Mouawad imagina Ánima como un evangelio narrado por animales en el que el papel del cristo invierte su significado. El cristo pone al hombre en la senda de la salvación con su sacrificio, en cambio, Wahhch sufre un sacrificio intolerable para devolvernos a la violencia que, desde cierto punto de vista (quizá el del autor también), es la senda del fracaso de la humanidad. Pero este punto de vista es externo a los personajes y los narradores. El inflexible itinerario por el infierno termina por establecer un dogma diferente: el cuerpo humano es, ante todo, un cuerpo dado a los depredadores, al que solo la ficción es capaz de otorgarle alma.

El nuevo salvador atraviesa el suplicio para enseñarnos una doctrina que aprende con nosotros: que la mayor atrocidad es siempre posible sobre cualquier lugar de la tierra a manos de cualquiera, es decir, que la justicia es otra ficción y que la única reacción operativa es la venganza.

Durante una conversación, Wahhch acepta una comparación con la Divina comedia:

«… Dime, Wahhch, ¿dónde has encontrado a esta pequeña brizna de santidad?
—En el infierno.
—Claro. Por fuerza. A cada Dante su Virgilio, ¿no es así?
—Y nunca mejor dicho, no lo sabes bien»

En Ánima el destino es la aceptación del infierno del horror absoluto. Ahora bien, en la comedia, Dante guía a un Virgilio que guía a un Dante y la diferencia entre los dos Dantes es la que puede haber entre un dios y un hombre cualquiera. En Ánima, Rooney/Mason-Dixon-Line enseña su destino a Wahhch, que a su vez nos guía a nosotros por un infierno «inolvidable». Al mirar ese infierno sucede lo que no sucedía en la comedia, se apartan los ojos.

Horizontes

Leo en la página 630 de Naturalismo de Lama Ole (2002): «Primitivamente, el horizonte era el lugar que no podía ser visto o alcanzado a la vez. Era posible verlo en el presente, bajo la misma luz, pero alcanzarlo significaba introducirse en el tiempo. La línea vislumbrada por la mañana pertenecía a la noche del caminante. Hoy lo hemos incorporado. Gracias a la aviación, es posible verlo y alcanzarlo bajo la luz del mismo día. Algunas sectas percibieron en ello una violación del poder del sol y recomendaron el suicidio. Hay quien prefirió cambiar de religión. Desde los años cincuenta, el grupo naturalistas por un pensamiento puro, que más que un movimiento unitario es un conjunto de grupúsculos de origen zoroástrico, se reúne una vez al año en una llanura del sur de Turquía donde perpetra la hekm, un rito en el que los participantes lanzan piedras al cielo para simbolizar la destrucción de la tecnología al tiempo que efectúan la destrucción de sus propias cabezas».

Abajo el cine histórico

Mi amigo Julio es profesor de guión en una escuela de cine. Casi siempre que paso por Madrid me encuentro con él. Al principio la conversación es llevadera porque él piensa, como yo, que el cine es un género literario. Es su manera suave de decir que lo más importante de una película es el guión y el director prácticamente un advenedizo de la obra del guionista. Procuro no quedarme hasta muy tarde porque a menudo voy acompañado de mi hija, que es pequeña, y Julio tiene debilidad por la bebida. A medida que bebe, me parece que me convierto en el único ser al que quiere de verdad…

Sus alumnos se quejan porque les obliga a escribir solamente historias ambientadas en otro tiempo. Esto no quiere decir que tengan que hacer cine histórico, en realidad sugiere que el tiempo perfecto para ambientar una película está quince o veinte años atrás. Las dificultades para hacer tragar ciertas tramas se diluyen en un tiempo en que la memoria se debilita. Dicho de otro modo, algo imposible hoy es posible hace dos décadas cuando nuestra memoria nos dice que el mundo era probablemente de otra forma, más salvaje. ¿Por qué Shakespeare ambientaba sus obras en las cortes de viejos reyes en lugar de la Inglaterra isabelina o los antiguos trágicos usaban a los mitos? Tenemos la percepción de que hay historias que hoy son inverosímiles. Parece que hay una obsesión por un hombre estándar del presente que solo existe en las estadísticas. A uno le enseñan una página llena de gráficos y cree que conoce a las personas… Pero el pasado es mucho más generoso. Por ejemplo, hace quince o veinte años es posible contar la historia de un joven buscavidas que se hace pasar por un heredero muerto. Su tía ciega confirma su identidad, recibe una casa enorme y luego aloja un hueso de pollo en la garganta de la anciana. El joven usurpador se queda solo y feliz.

El cerebro de Andrew (Edgar Lawrence Doctorow)

Para los que recorremos el aburrido camino del materialismo, una de las preguntas fundamentales es la del acoplamiento de la conciencia en el cuerpo. Las ramificaciones filosóficas son infinitas cuando uno nombra conciencia y mundo en un mismo texto. Y al revés, las posibilidades se reducen cuando se trata de cerebro y conciencia. La cuestión es que, hasta ahora, la literatura de ficción ha explorado al hombre que cada sociedad hacía posible pero no al que cada carne hace posible. El ser humano de la literatura es el definido por los demás y no por lo físico. Así, es difícil que alguien se atreva a construir un tipo literario sobre la base de la esquizofrenia o el delirium tremens. Solamente ensayos como el célebre de Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) llegan a inspirar algún arquetipo sobre semejantes conciencias.

En un momento de la novela, el protagonista reconoce que no tiene sentimientos ni siente simpatía por nadie. Efectivamente, esa pregunta por la parte física tiene en el punto de mira la idea tan universalmente aceptada de que son los sentimientos los que nos convierten en humanos. Ahora bien, su residencia física es un tema absolutamente ausente. La idea pone al ser humano a caminar sobre el precipicio más allá del cual solo existe el espacio en que rige la neurociencia y, en concreto, este libro insinúa que puede recorrerse ese límite sin sumergirse necesariamente en el pozo del nihilismo. Es bueno aceptar que somos materiales e incluso puede ser bueno preguntarse qué se siente al estar compuesto de una materia que nos daría asco tocar, más parecida a la mucosidad que a las alas de los ángeles.

Héctor González

Convocatoria Revista Niebla

10392466_331110037088330_9006828672234482461_n

Convocatoria de colaboración en la Revista Niebla. Se buscan textos literarios / fotografía e ilustración / ensayo artístico

El mundo al que no le ocurre ningún hombre

Lo único conocido que puede identificarse con las definiciones de dios es un fabulador. La literatura es el único campo profesional en el que se puede cumplir la proeza divina de establecer el mundo y lo real y doblarlo con palabras. De hecho, la obra del disputado dios judío existe solo en forma de libro. El camino emprendido por Dante y por el autor de la Biblia se dirige a la divinidad y la suplanta dejando como obra las palabras.

Por otro lado, en los libros cabe también el hombre víctima de esa proeza, aplastado por la obra divina y la estructura del mundo.

El libro excepcional aquí es El Quijote porque incluye la parodia de los dos casos.

El arquetipo literario que escapa a ambos modelos es un hombre al que no le ocurre ningún mundo o un mundo al que no le ocurre ningún hombre. Es un ser neutralizado en la mitad de esa polarización, es justo eso que uno no va a buscar en un libro pero encuentra en Knausgård y Murakami, es decir, lo equilibrado. El título de Mi lucha es su única ironía porque no hay lucha. Lo que hay en el libro es lo que queda en el tiempo en que la literatura no existe y el sentido se pierde. Así se realiza con perfección el viejo proyecto frustrado de las vanguardias históricas de mezclar arte y vida, donde la vida siempre se lleva la mejor parte en alianza con la sinceridad, esa cosa tan prestigiada. Hay que agradecer a autores como ellos que, al menos, amplíen el campo de la escritura hasta ese territorio que por el momento permanece tan desprovisto de interés.

Héctor González