novela

El cerebro de Andrew (Edgar Lawrence Doctorow)

Para los que recorremos el aburrido camino del materialismo, una de las preguntas fundamentales es la del acoplamiento de la conciencia en el cuerpo. Las ramificaciones filosóficas son infinitas cuando uno nombra conciencia y mundo en un mismo texto. Y al revés, las posibilidades se reducen cuando se trata de cerebro y conciencia. La cuestión es que, hasta ahora, la literatura de ficción ha explorado al hombre que cada sociedad hacía posible pero no al que cada carne hace posible. El ser humano de la literatura es el definido por los demás y no por lo físico. Así, es difícil que alguien se atreva a construir un tipo literario sobre la base de la esquizofrenia o el delirium tremens. Solamente ensayos como el célebre de Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) llegan a inspirar algún arquetipo sobre semejantes conciencias.

En un momento de la novela, el protagonista reconoce que no tiene sentimientos ni siente simpatía por nadie. Efectivamente, esa pregunta por la parte física tiene en el punto de mira la idea tan universalmente aceptada de que son los sentimientos los que nos convierten en humanos. Ahora bien, su residencia física es un tema absolutamente ausente. La idea pone al ser humano a caminar sobre el precipicio más allá del cual solo existe el espacio en que rige la neurociencia y, en concreto, este libro insinúa que puede recorrerse ese límite sin sumergirse necesariamente en el pozo del nihilismo. Es bueno aceptar que somos materiales e incluso puede ser bueno preguntarse qué se siente al estar compuesto de una materia que nos daría asco tocar, más parecida a la mucosidad que a las alas de los ángeles.

Héctor González

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El mundo al que no le ocurre ningún hombre

Lo único conocido que puede identificarse con las definiciones de dios es un fabulador. La literatura es el único campo profesional en el que se puede cumplir la proeza divina de establecer el mundo y lo real y doblarlo con palabras. De hecho, la obra del disputado dios judío existe solo en forma de libro. El camino emprendido por Dante y por el autor de la Biblia se dirige a la divinidad y la suplanta dejando como obra las palabras.

Por otro lado, en los libros cabe también el hombre víctima de esa proeza, aplastado por la obra divina y la estructura del mundo.

El libro excepcional aquí es El Quijote porque incluye la parodia de los dos casos.

El arquetipo literario que escapa a ambos modelos es un hombre al que no le ocurre ningún mundo o un mundo al que no le ocurre ningún hombre. Es un ser neutralizado en la mitad de esa polarización, es justo eso que uno no va a buscar en un libro pero encuentra en Knausgård y Murakami, es decir, lo equilibrado. El título de Mi lucha es su única ironía porque no hay lucha. Lo que hay en el libro es lo que queda en el tiempo en que la literatura no existe y el sentido se pierde. Así se realiza con perfección el viejo proyecto frustrado de las vanguardias históricas de mezclar arte y vida, donde la vida siempre se lleva la mejor parte en alianza con la sinceridad, esa cosa tan prestigiada. Hay que agradecer a autores como ellos que, al menos, amplíen el campo de la escritura hasta ese territorio que por el momento permanece tan desprovisto de interés.

Héctor González

De vidas ajenas (Emmanuel Carrère)

Los primeros capítulos de De vidas ajenas tienen como destino una pregunta concreta y casi obsesiva: qué queda en la conciencia cuando lo que parece irrevocable queda destruido de un plumazo. Precisando más, reconoceremos una impresión ingenua y completamente incorporada a nosotros que insinúa que las personas que integran nuestros círculos afectivos son eternas cuando la experiencia confirma que lo eterno desaparece fácilmente.

La novela de Carrère es casi una crónica de dos acontecimientos trágicos unidos por la casualidad y por el testimonio del autor. La proposición puede servir para plantearnos si la excesiva adaptación a los círculos parentales es uno de los grandes defectos de nuestra especie. Ésta es una cuestión importante que se ignora a menudo y que cuando se aborda se hace, como aquí, de forma encubierta. Carrère nos invita indirectamente a entrar en el problema con el relato de unos descubrimientos trágicos y sus consecuencias. El núcleo de la familia es un centro primordial en todas las sociedades pero la extraordinaria mitificación en que se encierra la unión con los miembros de la familia y con los amigos más cercanos puede llegar a verse como algo culturalmente insano. Uno se imagina que puede sobrevivir después de perder el trabajo o la casa pero parece mucho más cerca del abismo si de pronto desaparece una hija o un esposo. ¿A qué se debe este grado de esencialidad? En un pasaje, el narrador valora sus propios pensamientos obscenos. La obscenidad es algo corriente en la experiencia de la muerte. Curiosamente, los que tienen una actitud más natural y tranquila son los familiares más directamente afectados, mientras que los más alejados del círculo buscan adoptar una conducta solemne para dar un cuerpo artificial a su condolencia. Cualquier pensamiento frívolo o alegre se convierte en una pura obscenidad en quien observa pero no así en quien sufre la pérdida. Los afectados a menudo no lo parecen porque la solemnidad no es un sentimiento sino una etiqueta que corresponde al testigo. Quizá estamos más preparados de lo que pensamos para desprendernos de esos lazos. La anticipación expondría un terror más dañino que el hecho.

Lucrecio y la verdad

Los novelistas acuden más que nunca a la realidad, más exactamente, a la información, entendida como el conjunto de mensajes que pueden ser corroborados desde una fuente. A partir de aquí, se podría definir una sucesión en la que, sin duda, Lucrecio y su poema De la naturaleza de las cosas ocuparía un lugar muy cercano al extremo opuesto. Pocos autores en la literatura han alcanzado a Lucrecio en su audacia a la hora de dar una visión tan abarcadora y apasionada de las cosas. Influido por las teorías de Epicuro y Demócrito, el poeta latino procede a transmitir sus enseñanzas, imaginando y construyendo razonamientos que adaptan el mundo a su concepción, destruyendo las supersticiones, doblando la realidad con el vigor de su discurso. Inventa sin pudor los mecanismos de la naturaleza con el ímpetu de un niño fabulador. Por sus aciertos y errores, es una obra vibrante en su naturaleza fuerte y débil a la vez.

La cautela en la invención literaria contemporánea puede estar relacionada con este tipo de experiencia lectora en la que el autor queda tan lamentablemente al descubierto. En contraposición con la obra de Lucrecio, hoy es difícil la tarea de fantasear porque los lectores actuales están acostumbrados a obtener información en pocos segundos y, en consecuencia, no tragan fácilmente con una entidad inventada. Pueden abrir Google y averiguar que en una esquina determinada no hay un restaurante, que no existe un producto o una compañía aseguradora de tal nombre. Extendidamente, buscando los atributos del novelista en los personajes, aquél se ve obligado a ser veraz en lo que se refiere a su propia máscara de narrador, pues por un agujerito en internet se puede desmontar la ficción intolerable de un alter ego.

En literatura se busca así un continuo con la vida «comprobable». Internet dicta lo que es y lo que no es real. El lector adora la revelación casi religiosa que surge en la coherencia entre la palabra escrita y la realidad alcanzable desde otras fuentes. La novela contemporánea se lee entonces como una sagrada escritura porque responde a la «verdad» y ofrece la impresión de una continuidad trascendental en el tiempo y el espacio.

Héctor González