Mes: agosto 2015

Incoherente

El diccionario es una obra imprescindible, de ella depende la ilusión de que la cultura es capaz de trascender. Más allá, el diccionario afirma ser la obra de un dios cuya revelación es entregada a un simple compilador. A mí me gusta hojearlo a la mañana siguiente de alguna horrible fiesta en la que las botellas tienen más protagonismo que las personas. Tengo un amigo que nunca se cansa de invitarme a sus fiestas. Muchas veces he acabado postrado en un sofá o en el suelo, rodeado por un vacío en el que solo me acompaña una fregona. Los invitados se van, días después nadie quiere hablar de ello y, al teléfono, mi amigo finge quitarle importancia.

No tengo el diccionario empotrado en la estantería, yace en la ventana con el lomo hacia adentro. Lo alcanzo desde el sillón… lo abro al azar y me detengo en un par de entradas. He comprobado que la letra por la que se abre con más frecuencia es la i. Hay definiciones que me he aprendido casi de memoria.

Nos han convencido de que la esencia de lo humano es la inteligencia. Se alaba a los pueblos inteligentes. El insulto más grave a la inteligencia no es ser tonto, sino ser incoherente, es decir, relegar causas y efectos a un caos de lo insignificante. Los tontos son entrañables pero la gente incoherente amenaza el fuego sagrado de la aristocracia intelectual.

Puedo proponer que no tratemos de ver la coherencia de las cosas. Al cerebro le gusta construir hipótesis lógicas pero en realidad lo que hace es quedarse con las más aburridas, las que extrae de un pobre acervo. El pensamiento no acepta que los motivos de una acción estén casi siempre en flagrante incoherencia con los propios pensamientos, palabras o deseos, ni reconoce todavía que esa mitología de causas y efectos que le sirve de guía sea falsa.

Si suben las ventas del refresco X, es porque los productores se han preocupado por llenar los medios de propaganda. Eso parece lógico. Si acudo sistemáticamente a casa de mi amigo cada vez que me telefonea, puede ser porque me cae bien. Si después de un par de horas termino revolcándome por los suelos, los demás invitados pensarán que quiero llamar la atención. Una conducta bochornosa en público es ya un intento de suicidio figurado y los demás abandonarán la fiesta convencidos de que soy una persona con graves problemas.

En realidad, mi amigo no me cae bien. Voy a sus fiestas cuando me encuentro libre de cargas familiares y la ausencia de rutina me inspira una curiosa atracción por la decadencia. Cuando mi familia no está, no cocino, como escasamente, me tumbo en el suelo y leo mucha tragedia griega. Las invitaciones son una mano tendida a la provocación y nada me parece más divertido que arruinarle la noche a un grupo de pijos, que al llegar a casa tratarán de olvidarme o hacer como que no he existido, borrar esa noche de sus conversaciones. Mi amigo no deja nunca de invitarme y puedo adivinar que sus motivos se sitúan también en ese espectro oscuro de los deseos.

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