Murakami

El mundo al que no le ocurre ningún hombre

Lo único conocido que puede identificarse con las definiciones de dios es un fabulador. La literatura es el único campo profesional en el que se puede cumplir la proeza divina de establecer el mundo y lo real y doblarlo con palabras. De hecho, la obra del disputado dios judío existe solo en forma de libro. El camino emprendido por Dante y por el autor de la Biblia se dirige a la divinidad y la suplanta dejando como obra las palabras.

Por otro lado, en los libros cabe también el hombre víctima de esa proeza, aplastado por la obra divina y la estructura del mundo.

El libro excepcional aquí es El Quijote porque incluye la parodia de los dos casos.

El arquetipo literario que escapa a ambos modelos es un hombre al que no le ocurre ningún mundo o un mundo al que no le ocurre ningún hombre. Es un ser neutralizado en la mitad de esa polarización, es justo eso que uno no va a buscar en un libro pero encuentra en Knausgård y Murakami, es decir, lo equilibrado. El título de Mi lucha es su única ironía porque no hay lucha. Lo que hay en el libro es lo que queda en el tiempo en que la literatura no existe y el sentido se pierde. Así se realiza con perfección el viejo proyecto frustrado de las vanguardias históricas de mezclar arte y vida, donde la vida siempre se lleva la mejor parte en alianza con la sinceridad, esa cosa tan prestigiada. Hay que agradecer a autores como ellos que, al menos, amplíen el campo de la escritura hasta ese territorio que por el momento permanece tan desprovisto de interés.

Héctor González