literatura

Abajo el cine histórico

Mi amigo Julio es profesor de guión en una escuela de cine. Casi siempre que paso por Madrid me encuentro con él. Al principio la conversación es llevadera porque él piensa, como yo, que el cine es un género literario. Es su manera suave de decir que lo más importante de una película es el guión y el director prácticamente un advenedizo de la obra del guionista. Procuro no quedarme hasta muy tarde porque a menudo voy acompañado de mi hija, que es pequeña, y Julio tiene debilidad por la bebida. A medida que bebe, me parece que me convierto en el único ser al que quiere de verdad…

Sus alumnos se quejan porque les obliga a escribir solamente historias ambientadas en otro tiempo. Esto no quiere decir que tengan que hacer cine histórico, en realidad sugiere que el tiempo perfecto para ambientar una película está quince o veinte años atrás. Las dificultades para hacer tragar ciertas tramas se diluyen en un tiempo en que la memoria se debilita. Dicho de otro modo, algo imposible hoy es posible hace dos décadas cuando nuestra memoria nos dice que el mundo era probablemente de otra forma, más salvaje. ¿Por qué Shakespeare ambientaba sus obras en las cortes de viejos reyes en lugar de la Inglaterra isabelina o los antiguos trágicos usaban a los mitos? Tenemos la percepción de que hay historias que hoy son inverosímiles. Parece que hay una obsesión por un hombre estándar del presente que solo existe en las estadísticas. A uno le enseñan una página llena de gráficos y cree que conoce a las personas… Pero el pasado es mucho más generoso. Por ejemplo, hace quince o veinte años es posible contar la historia de un joven buscavidas que se hace pasar por un heredero muerto. Su tía ciega confirma su identidad, recibe una casa enorme y luego aloja un hueso de pollo en la garganta de la anciana. El joven usurpador se queda solo y feliz.

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Convocatoria Revista Niebla

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Convocatoria de colaboración en la Revista Niebla. Se buscan textos literarios / fotografía e ilustración / ensayo artístico

El mundo al que no le ocurre ningún hombre

Lo único conocido que puede identificarse con las definiciones de dios es un fabulador. La literatura es el único campo profesional en el que se puede cumplir la proeza divina de establecer el mundo y lo real y doblarlo con palabras. De hecho, la obra del disputado dios judío existe solo en forma de libro. El camino emprendido por Dante y por el autor de la Biblia se dirige a la divinidad y la suplanta dejando como obra las palabras.

Por otro lado, en los libros cabe también el hombre víctima de esa proeza, aplastado por la obra divina y la estructura del mundo.

El libro excepcional aquí es El Quijote porque incluye la parodia de los dos casos.

El arquetipo literario que escapa a ambos modelos es un hombre al que no le ocurre ningún mundo o un mundo al que no le ocurre ningún hombre. Es un ser neutralizado en la mitad de esa polarización, es justo eso que uno no va a buscar en un libro pero encuentra en Knausgård y Murakami, es decir, lo equilibrado. El título de Mi lucha es su única ironía porque no hay lucha. Lo que hay en el libro es lo que queda en el tiempo en que la literatura no existe y el sentido se pierde. Así se realiza con perfección el viejo proyecto frustrado de las vanguardias históricas de mezclar arte y vida, donde la vida siempre se lleva la mejor parte en alianza con la sinceridad, esa cosa tan prestigiada. Hay que agradecer a autores como ellos que, al menos, amplíen el campo de la escritura hasta ese territorio que por el momento permanece tan desprovisto de interés.

Héctor González

De vidas ajenas (Emmanuel Carrère)

Los primeros capítulos de De vidas ajenas tienen como destino una pregunta concreta y casi obsesiva: qué queda en la conciencia cuando lo que parece irrevocable queda destruido de un plumazo. Precisando más, reconoceremos una impresión ingenua y completamente incorporada a nosotros que insinúa que las personas que integran nuestros círculos afectivos son eternas cuando la experiencia confirma que lo eterno desaparece fácilmente.

La novela de Carrère es casi una crónica de dos acontecimientos trágicos unidos por la casualidad y por el testimonio del autor. La proposición puede servir para plantearnos si la excesiva adaptación a los círculos parentales es uno de los grandes defectos de nuestra especie. Ésta es una cuestión importante que se ignora a menudo y que cuando se aborda se hace, como aquí, de forma encubierta. Carrère nos invita indirectamente a entrar en el problema con el relato de unos descubrimientos trágicos y sus consecuencias. El núcleo de la familia es un centro primordial en todas las sociedades pero la extraordinaria mitificación en que se encierra la unión con los miembros de la familia y con los amigos más cercanos puede llegar a verse como algo culturalmente insano. Uno se imagina que puede sobrevivir después de perder el trabajo o la casa pero parece mucho más cerca del abismo si de pronto desaparece una hija o un esposo. ¿A qué se debe este grado de esencialidad? En un pasaje, el narrador valora sus propios pensamientos obscenos. La obscenidad es algo corriente en la experiencia de la muerte. Curiosamente, los que tienen una actitud más natural y tranquila son los familiares más directamente afectados, mientras que los más alejados del círculo buscan adoptar una conducta solemne para dar un cuerpo artificial a su condolencia. Cualquier pensamiento frívolo o alegre se convierte en una pura obscenidad en quien observa pero no así en quien sufre la pérdida. Los afectados a menudo no lo parecen porque la solemnidad no es un sentimiento sino una etiqueta que corresponde al testigo. Quizá estamos más preparados de lo que pensamos para desprendernos de esos lazos. La anticipación expondría un terror más dañino que el hecho.