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Abajo el cine histórico

Mi amigo Julio es profesor de guión en una escuela de cine. Casi siempre que paso por Madrid me encuentro con él. Al principio la conversación es llevadera porque él piensa, como yo, que el cine es un género literario. Es su manera suave de decir que lo más importante de una película es el guión y el director prácticamente un advenedizo de la obra del guionista. Procuro no quedarme hasta muy tarde porque a menudo voy acompañado de mi hija, que es pequeña, y Julio tiene debilidad por la bebida. A medida que bebe, me parece que me convierto en el único ser al que quiere de verdad…

Sus alumnos se quejan porque les obliga a escribir solamente historias ambientadas en otro tiempo. Esto no quiere decir que tengan que hacer cine histórico, en realidad sugiere que el tiempo perfecto para ambientar una película está quince o veinte años atrás. Las dificultades para hacer tragar ciertas tramas se diluyen en un tiempo en que la memoria se debilita. Dicho de otro modo, algo imposible hoy es posible hace dos décadas cuando nuestra memoria nos dice que el mundo era probablemente de otra forma, más salvaje. ¿Por qué Shakespeare ambientaba sus obras en las cortes de viejos reyes en lugar de la Inglaterra isabelina o los antiguos trágicos usaban a los mitos? Tenemos la percepción de que hay historias que hoy son inverosímiles. Parece que hay una obsesión por un hombre estándar del presente que solo existe en las estadísticas. A uno le enseñan una página llena de gráficos y cree que conoce a las personas… Pero el pasado es mucho más generoso. Por ejemplo, hace quince o veinte años es posible contar la historia de un joven buscavidas que se hace pasar por un heredero muerto. Su tía ciega confirma su identidad, recibe una casa enorme y luego aloja un hueso de pollo en la garganta de la anciana. El joven usurpador se queda solo y feliz.