De vidas ajenas (Emmanuel Carrère)

Los primeros capítulos de De vidas ajenas tienen como destino una pregunta concreta y casi obsesiva: qué queda en la conciencia cuando lo que parece irrevocable queda destruido de un plumazo. Precisando más, reconoceremos una impresión ingenua y completamente incorporada a nosotros que insinúa que las personas que integran nuestros círculos afectivos son eternas cuando la experiencia confirma que lo eterno desaparece fácilmente.

La novela de Carrère es casi una crónica de dos acontecimientos trágicos unidos por la casualidad y por el testimonio del autor. La proposición puede servir para plantearnos si la excesiva adaptación a los círculos parentales es uno de los grandes defectos de nuestra especie. Ésta es una cuestión importante que se ignora a menudo y que cuando se aborda se hace, como aquí, de forma encubierta. Carrère nos invita indirectamente a entrar en el problema con el relato de unos descubrimientos trágicos y sus consecuencias. El núcleo de la familia es un centro primordial en todas las sociedades pero la extraordinaria mitificación en que se encierra la unión con los miembros de la familia y con los amigos más cercanos puede llegar a verse como algo culturalmente insano. Uno se imagina que puede sobrevivir después de perder el trabajo o la casa pero parece mucho más cerca del abismo si de pronto desaparece una hija o un esposo. ¿A qué se debe este grado de esencialidad? En un pasaje, el narrador valora sus propios pensamientos obscenos. La obscenidad es algo corriente en la experiencia de la muerte. Curiosamente, los que tienen una actitud más natural y tranquila son los familiares más directamente afectados, mientras que los más alejados del círculo buscan adoptar una conducta solemne para dar un cuerpo artificial a su condolencia. Cualquier pensamiento frívolo o alegre se convierte en una pura obscenidad en quien observa pero no así en quien sufre la pérdida. Los afectados a menudo no lo parecen porque la solemnidad no es un sentimiento sino una etiqueta que corresponde al testigo. Quizá estamos más preparados de lo que pensamos para desprendernos de esos lazos. La anticipación expondría un terror más dañino que el hecho.

Lucrecio y la verdad

Los novelistas acuden más que nunca a la realidad, más exactamente, a la información, entendida como el conjunto de mensajes que pueden ser corroborados desde una fuente. A partir de aquí, se podría definir una sucesión en la que, sin duda, Lucrecio y su poema De la naturaleza de las cosas ocuparía un lugar muy cercano al extremo opuesto. Pocos autores en la literatura han alcanzado a Lucrecio en su audacia a la hora de dar una visión tan abarcadora y apasionada de las cosas. Influido por las teorías de Epicuro y Demócrito, el poeta latino procede a transmitir sus enseñanzas, imaginando y construyendo razonamientos que adaptan el mundo a su concepción, destruyendo las supersticiones, doblando la realidad con el vigor de su discurso. Inventa sin pudor los mecanismos de la naturaleza con el ímpetu de un niño fabulador. Por sus aciertos y errores, es una obra vibrante en su naturaleza fuerte y débil a la vez.

La cautela en la invención literaria contemporánea puede estar relacionada con este tipo de experiencia lectora en la que el autor queda tan lamentablemente al descubierto. En contraposición con la obra de Lucrecio, hoy es difícil la tarea de fantasear porque los lectores actuales están acostumbrados a obtener información en pocos segundos y, en consecuencia, no tragan fácilmente con una entidad inventada. Pueden abrir Google y averiguar que en una esquina determinada no hay un restaurante, que no existe un producto o una compañía aseguradora de tal nombre. Extendidamente, buscando los atributos del novelista en los personajes, aquél se ve obligado a ser veraz en lo que se refiere a su propia máscara de narrador, pues por un agujerito en internet se puede desmontar la ficción intolerable de un alter ego.

En literatura se busca así un continuo con la vida «comprobable». Internet dicta lo que es y lo que no es real. El lector adora la revelación casi religiosa que surge en la coherencia entre la palabra escrita y la realidad alcanzable desde otras fuentes. La novela contemporánea se lee entonces como una sagrada escritura porque responde a la «verdad» y ofrece la impresión de una continuidad trascendental en el tiempo y el espacio.

Héctor González