Arte, instituciones y libertad

Para alcanzar una verdadera comprensión de la libertad que se da dentro de la obra de arte, basta comparar el género ready-made con el del retrato, símbolo del arte más servil. Retratar a personas poderosas no parece una actividad en la que un artista pueda sentirse libre. Sin embargo, el retrato de Inocencio X de Diego Velázquez ejerce la libertad de poner en conflicto dos instituciones pictóricas: la representación naturalista del rostro y las convenciones de la pose establecidas por la tradición. El rostro intranquilo contradice el hieratismo de la pose entronizada y perturba la dignidad papal. Inocencio no aparece como un papa, sino como un hombre pendiente del trámite de ser retratado, así que el cuadro deja de verse como el retrato de un hombre poderoso para verse como el retrato de un hombre consciente de que está a disposición de un subordinado del que probablemente desconfía. La desconfianza no expresa poder, sino el reconocimiento del poder que tiene el artista sobre él, el poder sobre su imagen y sobre la conservación de su memoria. Velázquez crea una doble relación de subordinación mutua y esa sustantividad solo puede darse cuando el pintor está sometido a las instituciones.

Artículo completo en El Catoblepas

Héctor Enrique González

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