Mes: marzo 2015

Abajo el cine histórico

Mi amigo Julio es profesor de guión en una escuela de cine. Casi siempre que paso por Madrid me encuentro con él. Al principio la conversación es llevadera porque él piensa, como yo, que el cine es un género literario. Es su manera suave de decir que lo más importante de una película es el guión y el director prácticamente un advenedizo de la obra del guionista. Procuro no quedarme hasta muy tarde porque a menudo voy acompañado de mi hija, que es pequeña, y Julio tiene debilidad por la bebida. A medida que bebe, me parece que me convierto en el único ser al que quiere de verdad…

Sus alumnos se quejan porque les obliga a escribir solamente historias ambientadas en otro tiempo. Esto no quiere decir que tengan que hacer cine histórico, en realidad sugiere que el tiempo perfecto para ambientar una película está quince o veinte años atrás. Las dificultades para hacer tragar ciertas tramas se diluyen en un tiempo en que la memoria se debilita. Dicho de otro modo, algo imposible hoy es posible hace dos décadas cuando nuestra memoria nos dice que el mundo era probablemente de otra forma, más salvaje. ¿Por qué Shakespeare ambientaba sus obras en las cortes de viejos reyes en lugar de la Inglaterra isabelina o los antiguos trágicos usaban a los mitos? Tenemos la percepción de que hay historias que hoy son inverosímiles. Parece que hay una obsesión por un hombre estándar del presente que solo existe en las estadísticas. A uno le enseñan una página llena de gráficos y cree que conoce a las personas… Pero el pasado es mucho más generoso. Por ejemplo, hace quince o veinte años es posible contar la historia de un joven buscavidas que se hace pasar por un heredero muerto. Su tía ciega confirma su identidad, recibe una casa enorme y luego aloja un hueso de pollo en la garganta de la anciana. El joven usurpador se queda solo y feliz.

El cerebro de Andrew (Edgar Lawrence Doctorow)

Para los que recorremos el aburrido camino del materialismo, una de las preguntas fundamentales es la del acoplamiento de la conciencia en el cuerpo. Las ramificaciones filosóficas son infinitas cuando uno nombra conciencia y mundo en un mismo texto. Y al revés, las posibilidades se reducen cuando se trata de cerebro y conciencia. La cuestión es que, hasta ahora, la literatura de ficción ha explorado al hombre que cada sociedad hacía posible pero no al que cada carne hace posible. El ser humano de la literatura es el definido por los demás y no por lo físico. Así, es difícil que alguien se atreva a construir un tipo literario sobre la base de la esquizofrenia o el delirium tremens. Solamente ensayos como el célebre de Oliver Sacks (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero) llegan a inspirar algún arquetipo sobre semejantes conciencias.

En un momento de la novela, el protagonista reconoce que no tiene sentimientos ni siente simpatía por nadie. Efectivamente, esa pregunta por la parte física tiene en el punto de mira la idea tan universalmente aceptada de que son los sentimientos los que nos convierten en humanos. Ahora bien, su residencia física es un tema absolutamente ausente. La idea pone al ser humano a caminar sobre el precipicio más allá del cual solo existe el espacio en que rige la neurociencia y, en concreto, este libro insinúa que puede recorrerse ese límite sin sumergirse necesariamente en el pozo del nihilismo. Es bueno aceptar que somos materiales e incluso puede ser bueno preguntarse qué se siente al estar compuesto de una materia que nos daría asco tocar, más parecida a la mucosidad que a las alas de los ángeles.

Héctor González

Convocatoria Revista Niebla

10392466_331110037088330_9006828672234482461_n

Convocatoria de colaboración en la Revista Niebla. Se buscan textos literarios / fotografía e ilustración / ensayo artístico

El mundo al que no le ocurre ningún hombre

Lo único conocido que puede identificarse con las definiciones de dios es un fabulador. La literatura es el único campo profesional en el que se puede cumplir la proeza divina de establecer el mundo y lo real y doblarlo con palabras. De hecho, la obra del disputado dios judío existe solo en forma de libro. El camino emprendido por Dante y por el autor de la Biblia se dirige a la divinidad y la suplanta dejando como obra las palabras.

Por otro lado, en los libros cabe también el hombre víctima de esa proeza, aplastado por la obra divina y la estructura del mundo.

El libro excepcional aquí es El Quijote porque incluye la parodia de los dos casos.

El arquetipo literario que escapa a ambos modelos es un hombre al que no le ocurre ningún mundo o un mundo al que no le ocurre ningún hombre. Es un ser neutralizado en la mitad de esa polarización, es justo eso que uno no va a buscar en un libro pero encuentra en Knausgård y Murakami, es decir, lo equilibrado. El título de Mi lucha es su única ironía porque no hay lucha. Lo que hay en el libro es lo que queda en el tiempo en que la literatura no existe y el sentido se pierde. Así se realiza con perfección el viejo proyecto frustrado de las vanguardias históricas de mezclar arte y vida, donde la vida siempre se lleva la mejor parte en alianza con la sinceridad, esa cosa tan prestigiada. Hay que agradecer a autores como ellos que, al menos, amplíen el campo de la escritura hasta ese territorio que por el momento permanece tan desprovisto de interés.

Héctor González